CLASES VIRTUALES

“Chicos” dijo Renzo por el chat a su grupo del colegio “ya tengo las respuestas”

“Bueno, mandalas tontito” le escribió uno de los chicos, y algunos lo imitaron.

Renzo envió las fotos. Mando las del libro, las de matemáticas, las de inglés y algunas más. 


“No se te entiende la letra nene” le dijo uno de los que había imitado al anterior.

“Ya mismo escribo las respuestas para que las entiendan” dijo rápido Renzo en un texto, y cumplió su palabra. Escribió todo y tocó el botón de enviar. 

Los chicos copiaron todo en sus carpetas y en la tarea de la compu. No agradecieron y dejaron el chat.

Se repitió al día siguiente. Y el otro. Otro. Otro. Y cinco más. Y tres meses. Casi todo el año virtual. 

Pero Renzo no era tontito ni idiota como le decían sus compañeros. De hecho, era más inteligente que ellos, y era más inteligente de lo que ellos creían. Les pasó la tarea siempre, mientras ellos lo insultaban y hacían stickers con su cara, y se burlaban en su cara. Todo virtual. Pero Renzo tenía su plan.

Ya hace un tiempo, sus padres le anunciaron que lo cambiarían de colegio. Por eso mismo Renzo elaboró lo siguiente…

Al saber que se iría, decidió dejar su huella, a su manera. Casí para diciembre, Renzo estaba haciendo su tarea. Había enviado por todo el año la tarea a sus compañeros, los cuales le devolvían la labor con insultos y memes en todas las redes, memes de lo tonto que era Renzo. Pero esa tarde…  

“Y gordo, la tarea” le escribió uno.

“No tenemos todo el día” le informo otro, y mandó un sticker en el cual se divisaba la cara de Renzo, pero algo trucada con computadora, con el fin de hacer sus ojos bien bizcos. Varios enviaron “jajajajajajjjajajaajajaaj” y siguieron pidiendo, exigiendo, la tarea.

“¿Y que si no se las doy eh?” se armó de valor Renzo.

 “Que dijiste recetegordete

“Que no”

“¡¿QUE NO NI QUE NO?! ¿Vos sabes que te corremos por todo el recreo si no, no?”

“No va a pasar, me van a cambiar de colegio. No van a tener tiempo”

“Manda la tarea o te juro que vamos hasta tu casa”

“Perfecto, ya estoy en el auto, mudandome, saluden a los obreros de mi parte”

<<Renzo abandonó el grupo>>>

“AAAAAAHHHHH”

“MORITE ENFERMOOO”

“AHHHHH”

Los chicos se salían de la raya. Pero Renzo había ganado. Los entontecio tanto alrededor del año, que, sin que ellos se den cuenta, ya no podían vivir sin el. No sabían cómo dividir, ni sumar fracciones, ni nada que para el curso de Renzo ya era básico. Los había dejado en el medio del aula, y ahora la profesora diría “¿COMO QUE NADIE SABE? Si en todas las fotocopias y en toda la tarea virtual lo hacían ree bien”.

ESA VIEJA

En ese lugar desaparecieron muchos niños. Incluso adultos. Por eso nadie iba por allí. Dijo uno que una vieja era la culpable. 

La vieja vivía en la casa más grande de allí. Estaba en frente de la calle donde desaparecen todos. Nadie los recordaba haber visto por última vez. O sea, todos lo recordaban, pero recordaban la vez del año pasado. No recordaban nada después de eso.

Un chico contó que estaba por esa misma calle y vio a la vieja. Dijo que, de repente, le dio mucha tristeza verla. Solita, regando. Le dió lastima. Así que la señora lo invito a pasar. Y le dijo que estaba muy sola.

Entonces al entrar le sirvió un té, pero, de la nada, la señora no era una señora y le saltó encima. Pudo escapar. Pero, al salir, se dio vuelta, y la vio ahí, como lloraba, de que nunca venía nadie. Le decía que estaba muy sola. Me dijo que se fue corriendo.

Yo no le creo. Puro cuento me dijo. Es ree obvio. Miente para llamar la atención. 

Para demostrar que él mentía, decidí ir a inspeccionar la zona. Fui caminando por esa calle, y no vi ningún monstruo. Solo ví la casa. Las plantitas, y una viejita. No era un monstruo como afirmaba mi compañero. Era solo una viejita. Se veía tan triste. Tan sola, hace tanto tiempo. 

Me dio lastima. Cuando me miró, me dio mas lastima aún. Estoy seguro de que se alegró de verme, ya que me invitó a pasar a tomar el té… 

ENCONTRAMOS UN LUGAR

De repente, salió en los diarios. De repente en la tele lo nombraban todo el tiempo. De repente todos hablaban de ello. 

Se había encontrado un lugar nunca visto antes. Un lugar del que se creía que no había nada, de nada. Un lugar que todos creíamos que estaba vacío. Un lugar nuevo. 

Yo trabajo para el ejercito aereo. Me asignaron viajar en el helicóptero, que iba a ver la zona. A inspeccionar el lugar nuevo, ver si era estable…

Así que ahí estábamos, subiendonos al helicóptero. Mucha gente fue a ver el evento. Las esposas de los viajeros que me acompañaban, o los que yo acompañaba, gente interesada, periodistas, en resumen, un montón de gente. Fotografos, camionetas de noticieros, de todo.

Subí al helicóptero. Era espacioso, se veía más grande de adentro, que de por fuera. Estaba mi silla, las de mis acompañantes, todo listo. 

Despegamos. Disfrutamos como parecía que el suelo se alejaba, no nosotros. Vimos como nos alzamos lentamente, mientras disfrutamos del sonido de las hélices. Nos movíamos, había turbulencia, seguiamos, doblamos, recibiamos la señal, que nos decía para donde quedaba el destino, todo. Hasta que, vimos el lugar.

Era raro. Nunca había visto algo así. Para empezar, era ENORME. Parecía un templo. Un gran templo, que debía de haber durado más de dos décadas de construir. Divisamos una entrada, o, más bien, una forma de entrar. Pero, al acercarnos, notamos que una gran cuadrícula se oponía ante nosotros. Eran como un millón de cuadraditos, una tabla. Nos detuvimos y pensamos. Se nos ocurrió que tal vez podíamos entrar por uno de los cuadraditos. Ya que eran agujeros, con forma de cuadrado. Lo intentamos. Y dio resultado. Ingresamos en aquel gran lugar. Era más raro aun.

Tenía un montón de cosas, que tenían forma rara. También tenía un techo extraño, y una amplitud enorme. 

De repente, vimos que algo se movía. Era algo gigante también. Pero tenía voluntad propia, vida. Puso una gran pared, que podía ser su mano, y del otro lado hizo lo mismo. Las juntó, y nos aplastó. 

LOS NUBERISTAS

Sonó la alarma. 07:00 de la mañana. Su esposa aún dormía. Realmente parecía que nada, excepto la causa natural, la despertaría. Lorenzo apagó la alarma. Se fue hacia la cocina. Unos sándwiches de miga del día anterior lo esperaban en la heladera, para ir directo para la sanguchera. Se hizo un café y se comió aquellos sándwiches de mala gana. Jamás le habían gustado demasiado.  

De camino al trabajo, Lorenzo pensaba sobre las nubes de ese día, y que pasaría con ellas.

“¡Lorenzo!”

“¡Fernando! ¿Cómo te va?”

“Perfecto, te venía a decir que necesitan una mano con el chocolate de hoy” le dijo el señor que acababa de bajar de la escalera.

Arriba, en el hierbedero, lo esperaban ocho hombres. Uno de camisa campestre e inflada. Otro con una gorrita de chofer, otro con unos pantalones apretados, y otro que apenas se lo veía. Los demás se hallaban al otro lado de la gran fuente, por ende no se los alcanzaba a ver. El lugar se veía así: Para empezar, la habitación no era cuadrada, como la de cualquier persona, sino que era circular. Estaba la planta baja, donde se hallaba la fuente, y la segunda planta, que era toda una circunferencia, en la que varios hombres miraban. Tenía un ventanal, así no corrían peligro de caerse.

Todos sudaban, mientras tiraban fuerte de unas palancas. Rápido, Lorenzo corrió para una palanca que se hallaba libre y se puso a tirar de ella, como los demás. Adentro, el chocolate recién empezaba a derretirse. 

“¡MÁS AGUA!” gritó uno de los del otro lado. Inmediatamente, unos hombres que estaban en la parte de arriba accionaron otra palanca. De un gran tubo, empezó a caer cualquier cantidad de agua, que, al tocar el chocolate, se empezaba a hervir con él. Sonó el sonido de cuando uno agrega el agua para cocinar el arroz, pero mucho más fuerte, y con la ayuda del eco del lugar.

“¡MÁS LEÑA!” gritó el mismo hombre, y, esta vez por la planta baja, entraron unos siete hombres con tantos troncos de madera en las manos, que seguramente más de la mitad se les cayó en el camino. Lo tiraron al fuego que estaba debajo de la gran fuente, y fueron a buscar los otros troncos que se les habían caído. 

Empezó a salir una cantidad de humo negro asfixiante, el cual cubrió todo el lugar.

“¡ABRAN EL TECHO!” ordenó el hombre, y rápidamente los mismos del agua corrieron a presionar el botón del techo. 

Una mitad del techo, junto con su otra mitad, empezaron a abrirse para dejar escapar el vapor, que salía a lo loco. Todos los hombres salieron aplaudiendo a coro, hacia el corredor, que era bastante grueso. Era una ventana enorme, que daba a mitad de la ciudad. El humo salío fuerte para una nube, y se empezaron a juntar. A fucionar. A hacerse uno solo. La nube, al recibir el fuerte impacto, se fue hacia el centro de la ciudad.

“¡SI!” gritaron los hombres alzando las manos. La nube soltó un trueno.

“¡SI!”
Empezó a llover. Otro día en la vida de un nuberista. Un día en el que tocó llover chocolate.

LA ESCUELA

Los niños, de más o menos 7 u 8 años, entraron al salón. Allí estaba una mujer. Los esperaba a todos los chicos, que iban entrando por la puerta, y se sentaban. Inmediatamente la pantalla frontal, que ocupaba toda la pared, se prendía, y aparecía una línea roja. Una línea roja, recta. Detrás de ella, no había nada mas que negro. No una caja 3D negra, ni nada. Solo negro liso. Y entonces empezó el sonido. Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Sonaba largo. Intenso. Mientras se escuchaba, la línea roja apuntaba para la derecha, en diagonal. Hacia arriba. Y luego hacía lo mismo para la izquierda. Como el parabrisas de un coche. Y el sonido sonaba. Tic, tac, tic, tac. Estuvo de esta forma durante dos minutos. Entonces se apagó todo. Menos la luz de la habitación. El sonido y la pantalla, se habían apagado. Entonces se encendió la pantalla. Pero no sonó el sonido. Entonces la línea empezó a hacer su movimiento. Y en ese entonces el sonido no sonaba. Pero, si sonaba. Todos los niños de aquel lugar lo escuchaban. Pero el sonido no se escuchaba. Solo era el movimiento de la línea. Pero los chicos lo escuchaban. Entonces se apagó la pantalla. Y el sonido comenzó. Esta vez sonaba. Pero la pantalla no se había encendido. Estaba apagada. Sin embargo, la línea ESTABA ALLÍ. Con su fondo negro y todo. Entonces, se apagó todo. Menos, las luces del techo. Se volvió a encender la pantalla. Pero en lugar de la línea, lo que aparecía delante de el fondo negro era un texto que ponía, de color blanco y bien iluminado: 2+2=. Los niños miraban. Desapareció el “2+2=”. Solo estaba el fondo negro ahora. Y empezó el sonido. Tic, tac, tic, tac… Para cuando empezó el sonido, en la pantalla frontal apareció el “2+2=”, pero esta vez pasó un segundo, y el “2+2=” se cambió por “2+2=4”. Luego, desapareció, y solo estaba el fondo negro. Y el sonido. Tic, tac, tic, tac… En 3 segundos apareció el “2+2=” y luego el “2+2=4”. Y luego se repitió. Y una vez más. Y otra. Y otra. Y otra. Y después de esa se apagó el sonido y la pantalla. Y sonó el sonido. Y todos veían el “2+2=4”, excepto por la mujer, que hace rato estaba mirando para el otro lado. Todos veían el “2+2=4”… Pero solo el sonido se estaba reproduciendo. La pantalla no. Esta estaba apagada. Pero los niños lo veían. 

Era hora del recreo. Los chicos salieron al patio. El recreo duraba 15 minutos, en los cuales constantemente se reproducía el sonido. Tic, tac, tic, tac, tic, tac… Y los chicos veían el “2+2=” que se transformaba en “2+2=4” en todas las paredes. En cada lugar de las paredes. Pero las paredes seguían blancas, amarillentas.

Pasaron los 15 minutos. Los chicos volvieron al salón. Allí los aguardaba la mujer, que solamente servía para ver si algo andaba mal. En la pantalla apareció el “2+2=” que automáticamente se transformaba en “2+2=4”. Los chicos decían a coro:

“Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro.”  

Entonces se apagó la pantalla, y empezó a sonar el sonido. Los chicos veían el “2+2=4” en la pared, y decían a coro:

“Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro.”  

Se apagó el sonido. Se apagó la pantalla. Y los niños decían a coro:

“Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro. Dos más dos, cuatro.”  

Ahora los niños sabían que dos más dos es cuatro. Y jamás lo iban a olvidar.  

La plaza

Mariela decidió que llevar a su hijo a la plaza no sería malo. En la plaza, además, había una cafetería. Era un cafetería/kiosko, y afuera había un gran espacio con hamacas y toboganes. Ella podría tomarse un té, y mirar como su hijo jugaba. 

Eran las cuatro en punto cuando estacionaron el auto en el estacionamiento. Se bajaron y Mariela invitó a su hijo a que vaya a conocer algunos amigos y a las hamacas, que a él tanto le gustaban.

Mientras tanto, se sentó en la mesa de afuera más cercana a las hamacas. Desde allí, se podía ver a su hijo del tamaño de una gran cucaracha. 

“¿Disculpeme?”

“Sí” Mariela levantó la cabeza.

Un camarero, alto con cara de torpe, la miraba con una bandeja. 

“¿Ese de allá es su hijo?”

“Eh… Sí, ese es el”

“A, pero que bueno. ¿Usted sabe que tenemos una sala de juegos adentro? Con este frío… su hijo podría pasar unos segundos. Allí ya hay 5 niños jugando a tate-ti, ‘jedrez, y juegos tranquilos.”

“Ah, que bueno. ¿Dónde está?”

“Puerta de allá”.

La madre guió a el pequeño a la puertita. Los pequeños jugaban allí dentro.

“¿Quiere una taza de té?” 

“De acuerdo, gracias”.

El señor se fue dando la media vuelta. Al rato trajo una tacita de té.

“Perdon que no le pregunté antes, pero es que solo nos quedaba común, así que nada, decidí mejor no preguntar”

“No se preocupe, nunca tomó otros tés” lo tranquilizó Mariela. Dió un sorbo. “¿No sería tan amable de traerme dos paquetitos de azúcar?”

“Lo hubiera dicho antes” Dijo, y fue por los paquetitos.

Después de revolver la taza, Mariela dió un sorbo. Ahora sí que estaba dulce. 

Llegó una señora con su hijo. Observó por la ventana como se iba el niño a las hamacas, y la señora a una mesa. Salió por la puerta y preguntó como siempre si aquel era su hijo. 

“Eh… Sí, ese es el”

Le habló sobre el lugar donde los niños iban, si es que tenían frío. Le comentó que allí jugaban juegos tranquilos, y que había un mini tobogán también. La señora preguntó por dónde era aquel lugar.

“Puerta de allá”

Así que la señora se levantó y llevó al niño con los demás.

“¿Quiere una taza de té?” 

“De acuerdo, gracias”.

Así que el camarero se fue para donde estaban los niños.

“Matias, veni un segundito.”

Se lo llevó por una puerta que estaba allí, lo ató a la máquina como siempre, y le puso los cables. La sangre ya salía. Finalmente, tomó el líquido rojo y lo puso en una taza, y después le puso un poco de colorante negro… 

LAS HADAS

El mundo de las hadas era malísimo. Tipo, horrible. Estaba lleno de lugares feos. Si alguien te menciona hadas, o un mundo de hadas, te imaginarias una campo lleno de flores, y árboles, y cosas así. Pero no.

Hace ya mucho tiempo que se encontró el mundo de las hadas. En ese momento, se descubrió que no era como en los cuentos. Eran distintas. Se encontró en un árbol. Si, un árbol. En un árbol de manzanas en el que no se interesaba nadie, un hombre murió. Murió al comer una manzana. Entonces se investigó. En el cuerpo, notaron mordeduras extrañas, no vistas antes. Se fue a investigar el árbol.

En él hallaron una especie de nido. Nido en el cual había un montón de criaturas minúsculas, que hacían un ruido agudo, muy feo. Al primer hombre que vieron, se le lanzaron encima. De ese hombre, mientras lo atacaban, le quitaron un par de hadas. Las investigaron. En ellas encontraron: un corazón, un estómago, un hígado… Pero encontraron otras cosas, como un segundo corazón, y una garganta que, al inflamarse por voluntad del hada, hacía aquel ruido espantoso. 

En el laboratorio, un hada una vez, en medio de los estudios, se reveló. Mató a uno. Los demás abandonaron el lugar. Lo cerraron bien fuerte. Entró un hombre que llevaba uno de esos trajes que usan los que agarran la miel de las abejas, con una sopladora de hojas. Solo que en vez de tirar aire, fuego. Mató al hada.     

Ahora vivimos en un mundo nuevo, donde todos somos pequeños, y las hadas grandes, como solíamos serlo nosotros. A algunos los torturan, y se divierten con ello. A otros los hacen trabajar hasta la muerte. Cada tanto matan a uno a las mordeduras, hasta que se desangre. Pero con el tiempo todo cambió. 

En algún momento hubo un accidente del que no sabemos nada, pero sabemos que perdieron uno de sus corazones (vivimos en el laboratorio). Todos lo perdieron. Luego la infección pasó a ser más grave, y perdieron las alas. Una infección supusimos nosotros. Algunos creímos que, al ser nosotros los minis, podría agarrarnos la infección, y, en tal caso, morir. El punto es que perdieron varios órganos, y las alas, y esa cosa que hacía ese ruido tan feo. 

Luego, pasó lo que predijimos. De alguna forma u otra, la infección llegó a nosotros. Nos reducimos en cantidad. Morimos muchos. Muchos. Quedamos pocos. En realidad quedamos como un billón, pero, comparado con antes, es nada. 

Con el tiempo, la infección nos fue afectando. Perdíamos recuerdos. Algunos, a los cuales les caía más grave la infección, olvidaban cosas básicas, como izquierda y derecha, las letras, lo que significaba un nombre, e incluso sus nombres. Pero pronto, nos empezó a afectar a todos. 

Ahora, tengo tres recuerdos. Uno, llevar hojitas. Dos, trabajar en equipo. Y otro, más largo, era una conversación entre las, ahora, gigantes hadas. En ese recuerdo, descubrí que en realidad eran dos razas de hadas, divididas. Una, creo que era “Homo zapyez”

Y la otra “neandertal”. Hablaban sobre un posible tratado de paz, y que ahora planeaban juntarse. Anda a saber de qué hablaban.

La Isla

Entré en el helicóptero. Vi como los copilotos se instalaban en sus asientos, mientras otros dos traían una jaula cubierta en una manta, muy pesada. Tome lugar en mi asiento. Inmediatamente, al recibir la orden, levante vuelo. La base se veía cada vez más, y más, y más  pequeña. 

Al cabo de una hora, llegamos a la isla. Es un lugar muy pequeño en medio del océano. Es puro pasto y árboles, algunas palmeras también. Descendemos con cuidado en un lugar pre preparado  para el helicóptero. Bajamos a explorar. Encontramos muy poca fauna, sin contar el pasto, los árboles, y todo eso. Tomamos nota de todos los animales que encontramos: Unos pájaros que desconocemos, un tigre (del cual nos escondimos muy bien), y algunas vacas. Lo de las vacas no nos lo esperábamos, pero bueno. 

Fuimos de regreso al helicóptero. Todos, y cada uno, ayudamos a bajar la jaulita con la manta. La abrimos: 5 bebes, nos miran desde dentro. Abrimos la jaula, los soltamos, y nos vamos.

El viaje de regreso es lo bastante mas rápido, por mas que duro mas. No hay cajas que lloran, no hay que ir a  calmarlas, hemos hecho nuestro trabajo, y, volvemos a  casa.

38 AÑOS DESPUÉS 

Por más que sea otro helicóptero, se siente igual. Los mismos copilotos me esperan en la cabina, el mismo destino está marcado, los 5 bebés nos esperan en la isla. Abandonamos el terreno, volvemos a ver como se hace pequeño, y volvemos a la isla.

Ya cerca, veo muy de lejos la isla. En esa misma isla están los 5, o tal vez menos, bebés, crecidos claro. ¡Allí estan! Puedo verlos, y hasta contarlos: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8…

La isla está algo distinta a como la recordaba. Para empezar, antes no había ninguna clase de carritos con animales, llevados por personas, ni tampoco se escuchaba una charla constantemente, tampoco recuerdo agujeros de tierra en las montañas, en realidad colinas, pero, lo que menos  recuerdo, ¡Es que haya más de 30 niños! Debemos aterrizar. Sea como sea, hay que aterrizar. Debemos saber cómo ocurrió esto. Debemos saber que idioma hablan, queremos saberlo todo. 

Todo iba bien, todo iba tranquilo, estábamos a punto de aterrizar cuando se escuchó un grito super fuerte. Todos voltearon para nosotros. Claramente, no a modo de bienvenida. Nos lanzaron piedras, nos lanzaron, colmillos de algún animal, (probablemente, de los tigres) y palos de madera. Hasta ese momento que no me había dado cuenta de que ya no hay más árboles. Tuvimos que rodear la isla, y alejarnos un poco. Encontramos un lugar para aterrizar, pero sería inutil. Destruirían el helicóptero y no habría forma de volver.

¡CRASH! Una enorme piedra golpeó el vidrio. No llegó a destruirlo, pero si que le dejó una enorme grieta. Vimos, o a lo mejor vi, 3 hombres y 2 mujeres, y miraban hacia acá. <<Son ellos, definitivamente son ellos>> pensé. Por como nos miraban, hasta llegué a pensar que no estaban reconociendo, y que pronto detendrán el ataque. Pero no, nos siguieron tirando piedras y palos. Decidimos entre todos abandonar la isla. Y nunca volver.

Androides

La verdad es que ya casi terminamos. Nos quedan pocos estudios, y luego, a crear más androides.

Últimamente debimos matar a muchos humanos. Comprobar su tiempo de insolación, de congelamiento, y más cosas. Pero era necesario,  así podremos crear más androides cada vez más parecidos a los humanos. Por ahora hay: Androides obreros, androides sirvientes, androides copilotos, y androides médicos. Estamos desarrollando una nueva categoría. Policías, detectives, o jueces. 

Por eso debemos hacer estudios. Para recrear a un perfecto humano, solo que mejor. A los androides se los puede controlar, se los puede manejar. 

Aunque últimamente temo que se vaya del control. ¿Y qué tal si hay más androides que humanos? La verdad no veo el problema, pero siento que algo malo podría pasar.

Pero la verdad es que no. Así como hay demasiados humanos, demasiados androides. Sin embargo en China se ha prohibido la creación de nuevos androides antes de la oxidación de mínimo 1.000.000 androides. 

Las empresas como Android400X®, SAMSUNGSirvints.Co, o GameFriends (las más famosas) también son moderadas a los 400 androides por mes.

Así como hay cosas buenas, hay cosas malas. Como mafias, o ladrones, los cuales programan y crean sus propios androides delincuentes. Por eso se requiere un permiso para hacer androides (basicamente tenes que si o si tener una empresa de androides). De lo contrario, serás arrestado y, en algunos países, condenado a cadena perpetua.

Lo mejor de todo es que ahora los humanos tenemos androides que nos ayudan a hacer esas cosas las cuales no queremos hacer, cómo limpiar, lavar, cocinar, entre otros. También te podes entretener configurando tu androide, cambiando el nombre, el color de pelo, su ropa, su volumen de audio, el color de sus ojos, y muchas más cosas. Además podes hacer una carrera que te enseña como son programados, y otras cosas. Por eso los tenemos, para hacer mejor al mundo.

Test de humano

<<Iba por un camino en la ruta, cuando al fondo vi una camioneta. Venía de frente, aunque la calle no sea de doble mano. Parecía venir a la misma velocidad que yo. 

Vengo viajando hace ya 3 días y apenas dormí una vez, por 5 horas. En las últimas 8 horas vengo viendo autos o camionetas que vienen de frente y me chocan, solo que antes de chocarme desaparecen. He tratado ya de tirarme a un lado a descansar, pero solo a logrado aplazar el viaje. Falta poco para que se me acabe la gasolina y, no hay nadie cerca para que me ayude.

Hace un rato llamé a una grúa, pero no viene. El celular tiene 20% de batería y se gasta muy rápido, así que solamente voy a esperar.

Llame de nuevo, a los de la grúa, y me dijeron que estaban viniendo. Pero llamé hace ya 4 horas y no vi ninguna clase de grúa.

Me perdí. Por más que intente volver, no se donde estoy. 

Hoy el sol está bastante fuerte. Parecería como si a cada segundo que pasa se va haciendo más caluroso y más caluroso. Ya no me acuerdo ni porqué estoy acá.>> Pensaba el hombre.

“¿Está usted seguro de que debemos subir la palanca a esta velocidad?” pregunta uno de los científicos.

“Sisi, por supuesto” concluye el jefe, y sube la palanca al máximo.

“Humano 248: insolación extrema. Tiempo de muerte: 3 días, con 1 hora y 23 minutos. Temperatura del sol: Del 1 al 25 fuimos subiendo la palanca. Velocidad a la que subíamos la palanca: 1 cm cada 2 horas.”

“Perfecto señor, pasemos al siguiente humano” dice el extraterrestre, y empiezan a hacer sus estudios.