LOS NUBERISTAS

Sonó la alarma. 07:00 de la mañana. Su esposa aún dormía. Realmente parecía que nada, excepto la causa natural, la despertaría. Lorenzo apagó la alarma. Se fue hacia la cocina. Unos sándwiches de miga del día anterior lo esperaban en la heladera, para ir directo para la sanguchera. Se hizo un café y se comió aquellos sándwiches de mala gana. Jamás le habían gustado demasiado.  

De camino al trabajo, Lorenzo pensaba sobre las nubes de ese día, y que pasaría con ellas.

“¡Lorenzo!”

“¡Fernando! ¿Cómo te va?”

“Perfecto, te venía a decir que necesitan una mano con el chocolate de hoy” le dijo el señor que acababa de bajar de la escalera.

Arriba, en el hierbedero, lo esperaban ocho hombres. Uno de camisa campestre e inflada. Otro con una gorrita de chofer, otro con unos pantalones apretados, y otro que apenas se lo veía. Los demás se hallaban al otro lado de la gran fuente, por ende no se los alcanzaba a ver. El lugar se veía así: Para empezar, la habitación no era cuadrada, como la de cualquier persona, sino que era circular. Estaba la planta baja, donde se hallaba la fuente, y la segunda planta, que era toda una circunferencia, en la que varios hombres miraban. Tenía un ventanal, así no corrían peligro de caerse.

Todos sudaban, mientras tiraban fuerte de unas palancas. Rápido, Lorenzo corrió para una palanca que se hallaba libre y se puso a tirar de ella, como los demás. Adentro, el chocolate recién empezaba a derretirse. 

“¡MÁS AGUA!” gritó uno de los del otro lado. Inmediatamente, unos hombres que estaban en la parte de arriba accionaron otra palanca. De un gran tubo, empezó a caer cualquier cantidad de agua, que, al tocar el chocolate, se empezaba a hervir con él. Sonó el sonido de cuando uno agrega el agua para cocinar el arroz, pero mucho más fuerte, y con la ayuda del eco del lugar.

“¡MÁS LEÑA!” gritó el mismo hombre, y, esta vez por la planta baja, entraron unos siete hombres con tantos troncos de madera en las manos, que seguramente más de la mitad se les cayó en el camino. Lo tiraron al fuego que estaba debajo de la gran fuente, y fueron a buscar los otros troncos que se les habían caído. 

Empezó a salir una cantidad de humo negro asfixiante, el cual cubrió todo el lugar.

“¡ABRAN EL TECHO!” ordenó el hombre, y rápidamente los mismos del agua corrieron a presionar el botón del techo. 

Una mitad del techo, junto con su otra mitad, empezaron a abrirse para dejar escapar el vapor, que salía a lo loco. Todos los hombres salieron aplaudiendo a coro, hacia el corredor, que era bastante grueso. Era una ventana enorme, que daba a mitad de la ciudad. El humo salío fuerte para una nube, y se empezaron a juntar. A fucionar. A hacerse uno solo. La nube, al recibir el fuerte impacto, se fue hacia el centro de la ciudad.

“¡SI!” gritaron los hombres alzando las manos. La nube soltó un trueno.

“¡SI!”
Empezó a llover. Otro día en la vida de un nuberista. Un día en el que tocó llover chocolate.

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